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En 1872 emprende una gira de conciertos por Andalucia primero, y por América después, donde lleva una vida bohemia, aunque de hecho, la había comenzado mucho antes, pues en 1869, Albeniz huye de su hogar para tocar el piano por diversos lugares de España. A su regreso a Europa en 1874 le sigue su estancia en Leipzig, donde comienza a estudiar con Jadassohn y Reinecke. Poco después será presentado al rey Alfonso XII, quien le concede una pensión que le permitirá, unida a otra que obtiene del Conde Morphy, trasladarse al Conservatorio de Bruselas para estudiar con Gevaert y Brassin. En 1880 Albéniz recibe lecciones de Liszt, lecciones que se impartieron por toda Europa, y que el compositor español recibió al formar parte de la corte de estudiantes que acompañaban a Lizst en sus desplazamientos. La amistad que surgió de esta relación duraría hasta la muerte del húngaro en 1886. Podría decirse que Albéniz tomó el testigo de Liszt en cuanto a la integración del nacionalismo en la música, y abrió la puerta por la que entrarán músicos de la talla de Granados, Falla y Turina. Tres años más tarde, (1883), regresa a Barcelona y contrae matrimonio con Rosina Jordana. El mismo año conoce a Felipe Pedrell que le guiará en la construcción de una verdadera musica española. Gran parte del conocimiento del folcklore español debe agradecerlo Albéniz a este eminente profesor que luchó durante toda su vida para que los compositores españoles no sólo compusieran zarzuelas. Por otro lado, el matrimonio no parece que interrumpa este ir y venir del compositor, pues en 1885 vuelve a trasladarse, esta vez a Madrid. En
1890, entregado de lleno a la composición, toma lecciones con Dukas
y D'Indy. Esta labor se ve posibilitada económicamente gracias
al contrato que firma con el financiero inglés Francis Burdett
Money-Cutts, por medio del cual Albeniz se obliga a poner música
a los mediocres versos (y libretos) del banquero. Poco después.
1893, se establece definitivamente en París, momento en el que
renuncia a su carrera de concertista debido a su estado de salud y a que
se concentra plenamente en la composición. En este sentido, es
ya un lugar común dividir la vida compositiva de Isaac Albéniz
en tres tapas: La primera estaría dedicada a la música de
salón en la que predomina el piano - del que era un consumado virtuoso
-, al que se dedican valses, impromptus, menuetos,
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